SOFÍA PINTO.- Sabrina Martínez, comunicadora y educadora sexual, habla sobre la sexualidad y el deseo en las mujeres: cómo se forman, de qué manera afectan la construcción del género y de la individualidad, el papel de la salud sexual y reproductiva, los mandatos sociales y sus consecuencias.

—¿Cómo está construida la sexualidad en las mujeres?

—Nuestra sexualidad ha sido construida en pos del mandato de la espera, de esperar por el otro, de hacernos esperar, porque la idea de rapidez o facilidad en la vida sexual está mal asociada al arquetipo de la puta.

Ha sido basada, también, en el mandato de la abnegación, de que necesitamos validación de los otros. Muchas veces el deseo sexual no es tan genuino u honesto, porque una se enfrenta a tener practicas erótico-afectivas y sexuales que nacen de lo que ha aprendido que el otro necesita de ella y no de lo que ella necesita.

Estereotipamos y ritualizamos prácticas sexuales  y nos vemos expuestas a cosificación, violencia y naturalización de algunas prácticas —que ahora se están desnaturalizando— como el abuso. Aprender eso implica desarmarnos frente a discursos que nos han desconectado de nosotras mismas.

—¿Cómo se caracteriza el deseo?

—El deseo tiene que ver con un carácter personal, subjetivo y singular. Sin embargo, se ve afectado por mandatos sociales. Su expresión está atravesada por la cultura, marcos socio-económicos, contexto social y político, y manifestaciones que se dan dentro de la órbita familiar y de crianza, en el desarrollo de la sexualidad infantil.

El deseo como categoría se incluye en el modelo de respuesta sexual de Helen Kaplan, que explica que es muy difícil que se desarrollen buenas fases de excitación, orgásmica y de resolución, si no hay deseo. Hay que darle espacio al reconocimiento de cómo me siento deseante, qué deseo, espero y necesito para mí y para cuando estoy con otro, otra, otros u otras.

—¿Cómo se ha construido el deseo en las mujeres?

—A las mujeres nos han educado en una idea falsa de que tenemos menos deseo sexual. Esta afirmación está incluso amparada por una perspectiva biologicista, asociada a la idea de que en tanto las hembras tenemos, en la mayoría de los casos, un óvulo al mes, no necesitaríamos tener tantas relaciones sexuales  como los machos, que producen millones de espermatozoides de forma permanente. Esos mandatos construyen la idea de que las mujeres deseamos menos o más lento, que no tenemos necesidad, e incluso podríamos suprimir, nuestra vida sexual.

El deseo en la sexualidad de la mujer no está únicamente asociado al hecho sexual concreto, sino también con el mandato de la maternidad, que es muy duro. Estamos deconstruyendo la idea de que existe el instinto materno.
Hay construcciones asociadas al deseo que son específicas según las diferentes edades. Alcanza con mirar los mandatos construidos en torno a la menopausia, por los que muchas mujeres sienten que este nuevo ciclo implicaría no tener más deseo sexual, cuando no es así y no tiene que ser así.

—¿Cómo afecta esta construcción?

—A veces estos discursos están tan matrizados en nuestra experiencia y en el modo en que hemos aprendido a conocer nuestra sexualidad y a vivenciarla, que las mujeres no pueden conectar con su deseo o sienten que en determinados encuadres está mal.

¿Cuánto nos cuesta asumir que tenemos ganas de tener relaciones sexuales?, ¿cuántas veces nos cuesta decir que tenemos prácticas autoeróticas sin tener pareja, que no necesitamos tener una pareja sexual o una relación coital para acceder al placer?

Esa construcción viene asociada a la sensación de culpa, al miedo, a la incapacidad de poder aceptar que como mujeres nos merecemos el libre goce de nuestra sexualidad. Lo único que nos puede limitar es estar frente a una práctica violenta, dolorosa, o en la que no exista el consentimiento de todas las partes, en el marco de nuestro deseo sexual.

Que una mujer se descubra y se acepte deseante, con todas las potencialidades que ello implica, es un acto político muy revolucionario. El deseo sexual está conectado con el deseo de la vida, entendida como estar en el mundo. Cuanto más conectamos con nuestra sexualidad, más nos aferramos a este cuerpo que vive.

Que una mujer se descubra y acepte deseante, con todas las potencialidades que ello implica, es un acto político revolucionario

Cada mujer tiene derecho a elegir sobre su cuerpo en todas las prácticas de su vida: derecho a una sexualidad plena, tener un cuerpo que es suyo, respetado y querido por ella misma.

—¿A qué se enfrenta una mujer que se acepta deseante?

—Las mujeres  tenemos casi como un manual de lo que implicaría ser una buena mujer. Si deseamos otras cosas, sabemos que el coste es muy alto, entonces nos cuesta asumir esa identidad política disidente frente a la hegemonía que se establece para nosotras.

Aunque ahora está mucho más habilitado decir que no se quiere ser madre, viene sucediendo una nueva resignificación de los dispositivos de violencia y coerción de la verdadera libertad para elegir. Estos dispositivos funcionan habilitando por un lado, mientras coartan por otros.

O incluso una mujer, sin que nadie le diga explícitamente que su mandato es el de la buena madre, que decide asumir una vida y no una crianza, tiene un pajarito en la cabeza que le está diciendo que su decisión tiene un costo o no es del todo esperable.

En la tensión entre naturaleza y cultura surge el estrés permanente que muchas veces tenemos en nuestros cuerpos, asociado a una permanente vigilancia y autocensura, que el sistema nos ha dado como herramienta de control. La lógica machista hace que nosotras funcionemos, en muchas ocasiones, como las principales alianzas del patriarcado.

—¿De qué forma se relacionan el deseo y la salud sexual y reproductiva?

—El deseo es parte de la salud sexual y su gestión. La reproducción está dentro de la órbita de lo sexual, separarlas es darle espacio primordial a lo reproductivo.

El ciclo de la hembra humana tiene una etapa ovulatoria, durante la que el cuerpo presenta registros de mayor deseo sexual —amparado por condiciones orgánicas de producción hormonal— y está predispuesto ante la posibilidad engendrar. La hormonización, dada por la gestión de la anticoncepción, inhibe este deseo.

Si iniciamos nuestra vida sexual acompañada de la hormonización, no sabemos cómo somos orgánicamente deseantes frente al pasaje por la fase ovulatoria. No se trata de demonizar la hormonización, sino de reflexionar y entender que nuestro ciclo como hembras no es solo la menstruación, ser más conscientes sobre estos procesos a la hora de elegir.

Nuestra salud sexual y reproductiva, a veces, no es tan nuestra, depende de la validación del otro. La negociación del uso de preservativos en parejas heterosexuales es un tema complejo. Muchas mujeres quieren evitar métodos que impliquen la intervención de su cuerpo, o utilizar el más inocuo y protector, como es el condón para pene o vagina, pero cuesta mucho poder negociarlo con las parejas.

Nuestra salud sexual y reproductiva, a veces, no es tan nuestra, depende de la validación del otro

—Hablaste de la necesidad de ver la salud reproductiva como parte de la salud sexual, ¿cuáles son las consecuencias de separarlas?

—El foco de la salud sexual y reproductiva suele estar en lo segundo, y no en estrategias claras y bien desarrolladas que complejicen el modo en que nos educamos las mujeres para gozar de nuestra sexualidad. Aparecen medidas que tienen que ver con la natalidad, pero, ¿qué pasa con la salud sexual de las niñas, las mujeres que no pueden gestar, las que no tienen útero, vulva ni vagina?, ¿qué pasa en la vejez y en la discapacidad?

Desde algunas lógicas institucionalizadas, la construcción de la idea de salud sexual sigue estando amparada en una mirada androcéntrica o coitocentrada —como se ve, por ejemplo, en la falta de acceso a campos de látex—. Hay campañas que implican estrictamente el control de la natalidad,  y no estamos hablando de problemas de infecciones de transmisión sexual.

Hay que legislar para que las mujeres sean dueñas de sus cuerpos y puedan gestionar qué hacen con ese deseo sexual que no tiene que ver únicamente con el fin del maternaje. La mayor parte de nuestra vida somos deseantes, somos sexuales y tenemos relaciones sexuales sin que el eje central sea asumir la maternidad, que es una posibilidad más que nos da una practica erótica en la que está en juego el deseo.

—¿Cómo influye el nivel socio-económico en la construcción del deseo? 

—Sin duda, la vulneración de derechos que sigue teniendo una porción de la sociedad va a atravesar los modos de aprender a ser mujer o varón. Atraviesa cómo expresamos, vivenciamos y conocemos nuestra sexualidad. No es lo mismo tener un problema sexual y poder ir a un centro de salud a pedir atención, o pasar por una experiencia traumática de abuso o violencia y tener sistemas de protección social.

La vivencia del deseo sexual y el deseo materno es diferente según el contexto sociocultural en el que nacemos. En un contexto en que la maternidad en la adolescencia es visible, está valorada y, muchas veces, es la única certeza que puede tener una mujer para su vida, las jóvenes pobres se ponen en contacto con ella de una forma más próxima. Si se tiene más acceso a educación y más proyectos, se tiende a postergar, por lo dificultoso que resulta combinar una carga universitaria con la maternidad. Lo bueno es que cada un decida cuándo quiere ser madre.

—¿Y en la salud sexual y reproductiva?

—Hay cuestiones transversales y algunas relacionadas a los derechos humanos. No es igual tener prácticas sexuales en condiciones de hacinamiento habitacional que en un espacio seguro, poder higienizarse, poseer acceso a la educación sexual y al conocimiento de tu cuerpo, una mayor circulación cultural y social que te da garantías y oportunidades de conocerte desde otros aspectos.

 

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